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Mañana

Publicado
octubre 10, 2018
Por
José Manuel Simián
Tipo
Voces de la comunidad
Una niña se apoya en una barra en un estudio de danza. Ella mira fuera de cámara con un leotardo rosita.

La música ha formado parte de la vida de Levi desde el principio. Incluso antes de saber que tenía problemas en su desarrollo, mi esposa y yo les cantábamos a menudo a nuestros hijos —Levi tiene dos hermanos mayores— para que se durmieran, y ella se iluminaba y se movía al ritmo de la música que le gustaba, aunque le costaba aprender a caminar.

A medida que pasaron los años y Levi creció (ahora tiene 5 años), las canciones todavía son una fuente de alegría y entretenimiento para ella. Le gusta la música hasta el punto de la obsesión, escucha el mismo artista, canción o álbum día tras día hasta que pasa al siguiente.

Primero, fue Barney. Por suerte para nosotros esta etapa pasó y pronto llegamos a las canciones de Frozen, luego una larga etapa de ballet centrada en el Cascanueces (Levi puede literalmente sentarse a escuchar todo el ballet mientras se lo imagina en su cabeza) y, más recientemente, las canciones de Moana, Coco y Annie.

Una y otra vez, reproducíamos y escuchábamos las mismas canciones, y vivimos algo que todos los padres han vivido —incluidos los de niños neurotípicos, aunque de forma más intensa—: puedes empezar a tener aprecio y gusto por la música que odiabas al principio solo por la simple repetición. Y, sí, sé lo que puede pensar, los comportamientos repetitivos son comunes en los niños con discapacidades —se diagnosticó que Levi estaba en el espectro autista—, así que no hay nada especial en esto, pero allí lo detendré. 

Levi es extremadamente sensible a la música, más que la mayoría de los niños, hasta el punto en que la “vive” de la misma manera que algunos de nosotros seguimos las películas o un libro, se ríe de alegría ante un gran arreglo de trompa como si fuera un giro inesperado, pide canciones que coincidan con su estado de ánimo (“¡Quiero Coco miedoso!”), es capaz de tomar clases de ballet (¡especialmente por el increíble programa Ballet for All Kids!), y frecuentemente canta de forma mucho más articulada de lo que puede hablar. En muchos sentidos, la música parece iluminarle el cerebro de un modo que otras cosas no lo consiguen, mientras que el baile es una actividad en la que se puede encontrar el éxito necesario con más facilidad que en la mayoría de otras  maneras físicas o cognitivas. Y aunque sus hermanos, Luca, de 10 años, y Maité, de 7, se cansan comprensiblemente, a veces, de escuchar la misma canción por tercera vez ese sábado por la mañana en un apartamento minúsculo, la música es también una forma de conectar con ella de un modo que el lenguaje o los simples juegos, a veces, no logran.

No me había dado cuenta de lo profunda que era esta conexión hasta hace unos días. Llevaba a los tres de vuelta a casa en la parte de atrás de nuestra bicicleta de tamaño familiar por unas calles empedradas de Brooklyn. El sol se ponía y era evidente que disfrutaban, solo tres niños en la parte de atrás de una bicicleta mientras su padre pedaleaba y la cena estaba en el horizonte. Y luego, de la nada, lo escuché: Luca empezó a cantar “Tomorrow”, el himno optimista de Annie, primero casi en broma, luego de forma sincera. Casi de inmediato, Maité y Levi se unieron, sus tres voces encontraron el camino juntas, al principio con sorpresa, luego con pura alegría. Y mientras la bicicleta rodaba por la calle y yo intentaba grabarlos con mi teléfono sin matarnos a los cuatro, ellos repetían el coro una y otra vez, en ese momento supe que estábamos todos juntos en esto y que seguiríamos esforzándonos por Levi día tras día, mientras el sol hiciera su trabajo y siguiera saliendo.