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La madre que nos hizo quienes somos

Publicado
agosto 18, 2020
Por
Jean Mizutani
Tipo
Voces de la comunidad
Una hija y su anciana madre posan para una foto en un restaurante. Sonriendo cálidamente.

Cuando mi hermano y yo éramos pequeños, no entendíamos por qué nuestra madre interrumpía nuestra conversación para preguntar: “¿Cómo lo sabes?”. Nos encogíamos de hombros y decíamos: “Todo el mundo lo sabe” o “No sé cómo lo sé”. La respuesta no la satisfacía y la pregunta nos confundía.

Mi primer recuerdo es el de ella diciéndome lo inteligente que soy. Mi hermano y yo éramos muy inteligentes. ¡Nosotros asombrábamos, sorprendíamos y emocionábamos! Siempre supimos lo orgullosa que estaba de nosotros. De hecho, ninguno de los otros padres podría estar más orgulloso. Ella solo tenía 18 años en 1952 cuando yo nací, una madre cariñosa, orgullosa, sonriente y atenta que era protectora, educadora y compañera de juegos, todo en uno.

Nos hicimos mayores y su pregunta cambió a: “¿Quién te lo dijo?”.  De nuevo, nuestra respuesta: “Nadie. Todo el mundo lo sabe”. Nuestra respuesta no le satisfacía. La expresión de nuestra madre cambiaba y nos preguntábamos si habíamos hecho algo malo. Hubo una vez que intentamos mostrarle una dirección en un mapa y de repente estalló, con evidente disgusto. Desconcertados, supusimos que mamá podría estar “loca”, lo que desafortunadamente refleja una falta de comprensión de las deficiencias de aprendizaje que siguen existiendo hasta la actualidad. A mi hija le diagnosticaron un problema de aprendizaje en 1994 y, por primera vez, todos reconocimos que mi madre también lo tenía. Las lecciones que aprendí al tener tanto una madre como una hija con problemas de aprendizaje (Learning Disability, LD en sus siglas en inglés) se quedaron conmigo.

No actuar bajo el supuesto de que todo el mundo lo sabe. Aceptar que las personas son seres únicos que recogen y procesan la información a su manera. No precipitarse a juzgar las acciones de una persona según la diferencia entre sus expectativas y su respuesta. Las personas todavía utilizan etiquetas como “loco”, “estúpido” o “perezoso”, para explicar las discrepancias. No sea una de esas personas. Sobre todo, no permita que su atención se detenga en las diferencias. Si se fija bien, verá humor, valentía, sabiduría y alguien que se esfuerza más que usted.